VIAJE A MÉXICO DE UNA DELEGACIÓN DE LA REAL ASOCIACIÓN ESPAÑONA DE CRONISTAS OFICIALES (2ª PARTE: ZACATECAS, GUANAJUATO, SAN MIGUEL DE ALLENDE, QUERÉTARO Y CIUDAD DE MÉXICO

POR CÉSAR SALVO, CRONISTA OFICIAL DE VILLAR DEL ARZOBISPO (VALENCIA)

Después de desayunar y despedirnos del compañero Francisco Rivero, cronista oficial de Las Brozas, que se quedaba en Cancún para tomar el avión de Madrid por la tarde, los siete cronistasrestantes y las cuatro esposas que nos acompañaban emprendimos viaje a Zacatecas.

En el viaje han sido excelentes compañeras la esposas de: Antonio Galiano, Lola Garrigós; de Juan Alonso Resalt, Toñi Maroto; de Luis Romero, Mª Carmen Espejo (Mely); y de José Dionisio, Mª Carmen Galán. Sobre las 9 de la mañana de un sábado radiante y con la furgoneta de Ronaldo, al cual contratamos el primer día para fidelizar el servicio (fue todo un acierto) nos trasladamos hasta el aeropuerto de Cancún para tomar el vuelo hacia Ciudad de México. Tras aterrizar en el aeropuerto Benito Juárez recorrimos un gran trecho (aunque sin maletas, pues las habían facturado directamente a Zacatecas, nuestro destino final) hasta un lugar cercano a la puerta de embarque y allí repusimos fuerzas comiendo algo contundente. A las cinco de la tarde partió el avión, mientras caía una lluvia fina y la ciudad desde al aire aparecía inmensa por todos los costados.

Poco más de dos horas y el paisaje semidesértico zacatecano nos recibió verdeante por las lluvias de días atrás. Bajé el primero de los cronistas porque llevé el asiento nº 3 y al recoger la maleta me percaté de que había una banda de música que intuí estaba preparada para recibirnos… No se veía a nadie esperándonos, pero avisé al grupo.

Cuando supieron que ya estábamos las once personas que esperaban, salieron de las sombras a recibirnos Manuel Gónzalez Ramírez (cronista del Estado de Zacatecas), Alejandro Contla Carmona (Cronista de Texcoco y presidente de la Academía de Historia Regional de Texcoco), Martha Ortega Cantabrana (tesorera de la antedicha Academía) y la alcaldesa, Judith Magdalena Guerrero López.

Besos y abrazos emotivos con las sonrisas resplandencientes en nuestros labios, pues nos conocíamos del pasado año en el Congreso de Burgos. Los cuatro fueron imponiéndonos a cada uno un pin de la bandera mexicana, mientras la banda sinfónica tocaba temas mexicanos y españoles poniéndonos a bailar e intercambiando las parejas de baile… Finalmente tomamos el autobús que nos llevaría a la ciudad. Durante el corto recorrido, Manuel nos comentó aspectos del programa que íbamos a tener en los siguientes cuatro días y, conforme nos internábamos en la urbe, monumentos como el acueducto y la plaza de toros vieja que iban saliéndonos al paso, hasta llegar a la plaza principal y dejarnos a la puerta del ‘Hotel Emporio’, situado junto a la Catedral y frente al Palacio del Gobernador. Apenas cuarenta y cinco minutos para asearnos y cambiarnos… Comenzaban las sorpresas. Porque Manuel, aquel mexicano que el año pasado –al menos a mí- me pareció adusto y algo serio -nada más lejos de la realidad- se transformó en una persona cercana, amable, sonriente y un poco “pillín”.

Manuel ha sido el perfecto anfitrión que nos ha ido abrumando con su dedicación y amistad incondicional, llena de detalles como luego iremos co-mentando. Acompañado de manera paralela por el matrimonio compuesto por Martha y Alejandro, y un becario de Manuel, Daniel Landa Olano, natural de Veracruz, que luego nos acompañó hasta Ciudad de México.

A las 8 de la noche salimos paseando hasta la antigua iglesia de San Agustín, donde estaban prepara¬das unas sillas y en las cuales nos sentamos para ver una proyección en su fachada (ahora exenta de los adornos barrocos que tuvo, pues después de ser amortizada sirvió para diferentes usos; aunque los elementos arquitectónicos se custodian dentro para llevar a cabo una futura restauración) -en la actualidad, sirve de Centro Cultural.

Imágenes en color de la Historia de México y de esta Iglesia, de las culturas indígenas y de los pueblos de Mesoamérica, de la evangelización española, de la Independencia y de la Revolución, ilustraron nuestros sentidos y nos reforzaron un poco más en la realidad de que somos hermanos, el pueblo mexicano y el español; eso sí, a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar la noche se había tornado fresca.

En la misma plaza estaba el Restaurante donde cenamos, en un salón privado y con la presencia del director del periódico ‘La Jornada de Zacatecas’, Raymundo Cárdenas Vargas y su esposa, quienes nos ofrecieron esta cena de bienvenida. Nos dispusimos alrededor de la mesa ovalada intercalándonos mexicanos y españoles y, dado que quien esto escribe portaba tres botellas de vino tinto de Villar del Arzobispo, el brindis lo ofreció él mismo: “Porque la amistad que comenzó el año pasado en la ciudad de Burgos y que ahora se refuerza en Zacatecas perviva en el tiempo eternamente”. Tras la cena, la animada charla fue poco a poco decayendo hasta ser atacada por el cansancio de nuestro viaje y en corto paseo llegamos a nuestra residencia, no sin admirar por el camino la bella ciudad nocturna con sus monumentos emblemáticos iluminados.

La radiante mañana del domingo día 10, vestidos tal como nos habían indicado con traje y corbata y después de desayunar, se inició con la visita al convento de Santo Domingo donde pudimos contemplar y admirar su extraordinaria biblioteca. A continuación paseamos hasta llegar a las puertas del ‘Teatro Calderón’, donde nos sorprendió la aparición de “Don José”, un actor que encarnando un personaje ficticio nos enseñó pormenorizada y dramáticamente el edificio y la historia de tan importante anfiteatro…

Se nos hacía tarde, pues al mediodía teníamos misa solemne en la Catedral oficiada por el Sr. Obispo, Monseñor Sigfriedo Noriega Barceló, en nuestro honor.

Cuando salimos de la Catedral a la Plaza Mayor nos estaba esperando una representación de la ‘Morisma del Bracho’ con la banda de tambores y trompetas a la que estuvimos escuchando un buen rato, hasta que nos condujeron al Salón de Plenos, donde tuvo lugar la bienvenida por parte del primer Teniente de Alcalde (en ausencia de la Alcaldesa), entregándosenos, por parte de la Academía de Historia Regional de Texcoco, una bonita presea enmarcada.

Mientras nuestro compañero Juan Alonso Resalt ofrecía en dicho Salón una Conferencia sobre “El Don de Austria de la Morisma del Bracho”, rodeado por personajes de esa representación hispano-mexicana (versión mexicana de nuestros “moros y cristianos”). Fue largamente aplaudida por los asistentes que llenaban la extensa sala.

El resto de cronistas y acompañantes fuimos conducidos a las dependencias del Gobernador, Alejandro Tello Cristerna, departiendo animadamente con él de algunas cuestiones relativas a la Crónica, entregándonos a todos los cronistas españoles una presea de “Visitante Distinguido”.

A continuación visitamos las instalaciones del Cronista del Estado de Zacatecas, donde descubrimos una placa dedicada al “Testimonio” de nuestra visita, para acabar la misma simplemente cruzando hasta nuestro Hotel situado junto la plaza.

La comida fue ofrecida por la ciudad de Zacatecas y nos acompañaron el Cronista de la Ciudad y su señora.

Ya por la tarde, sobre las 4, salimos hacia la vecina ciudad de Guadalupe, a unos doce kilómetros de Zacatecas. Llegamos hasta el conjunto monumental del convento franciscano e iglesia de Ntra. Sra. de Guadalupe, donde fuimos recibidos por el abad quien nos enseñó las pocas pertenencias que se conservan de Fray Antonio Margil de Jesús, un franciscano valenciano del siglo XVII que evangelizó toda Mesoámerica y que está en proceso de beatificación y, además, fundó este Convento.

Posteriormente, acompañados de la directora Rosa Mª Franco Velasco, visitamos el museo de Arte Sacro, que atesora una magnífica colección de arte religioso de los siglos XVII y XVIII.

Una maravillosa sorpresa nos esperaba a la salida… Un pasillo creado por oficiales de la Morisma nos escoltó hasta la plaza donde se sitúa el edificio de la Casa de la Cultura, no sin antes contemplar la danza de los “Matla-chines”.

Ya dentro del edificio nos esperaba en el patio del mismo la Banda Sinfónica de Guadalupe, que nos deleitó con sus interpretaciones musicales de aires mexicanos e incluso un pasodoble español.

El acto oficial del Encuentro de Cronistas tuvo lugar en el interior el inicio del mismo, presidido por el alcalde de la localidad, Enrique Flores, y acompañado del cronista de la ciudad Bernardo del Hoyo Calzada, la directora del Museo y Gerardo Salmón de la Torre, director del Instituto Municipal de Cultura. Tras los discursos, nos fue entregada a cada uno de los cronistas españoles una presea de “Visitante Distinguido de la Ciudad de Guadalupe”.

A continuación disfrutamos de una cena fría con productos autóctonos del estado zacate¬cano y departi¬mos largamente con los cronistas mexicanos y las autori¬dades guadalupa¬nas…

A la vuelta a Zacatecas celebramos el cumpleaños de Francisco Sala, en un céntrico local tomarnos una copa a su salud José Dionisio y Mª Carmen, Ricardo, Daniel.

El día siguiente por la mañana amaneció brumoso y algo frío. A las 9 desa-yuno en el hotel, ofrecido por el Ayuntamiento de Ojocaliente, población que participará con la danza de los “Matlachines” en nuestro Congreso Nacional en León. Después un par de horas para hacer compras de artesanía por la calle central y el Mercado, a las 12:15 salimos en microbús hacia Guanajato.

El paisaje nos ofreció extensas llanuras con sierras de fondo verdeantes por la presencia de bosques de encinas, pinos y chumberas.

A las cuatro de la tarde paramos a comer en un rancho situado a la entrada de León (Estado de Guanajuato): un copioso buffet amenizado por un grupo de mariachis.

Sobre las 18:30 llegamos a Guanajuato, una ciudad erguida en una multitud de cerros con forma de rana, que es el significado de ese topónimo: guana (con forma de rana) y jato (cerros), y donde hasta la década de los 70 del pasado siglo era difícil entrar hasta que se practicaron más de 48 kms. de túneles en su subsuelo que comunican (andando y en coche) todos los rincones de esta bellísima ciudad universitaria y sede del Festival Internacional Cervantino desde 1972.

A las 8 de la tarde habíamos quedado en la escalinata del Teatro Juárez, donde nos esperabanManuel y Daniel.

En un corto paseo llegamos a una plaza donde nuestro magnífico guía nos explico el nacimiento de la ciudad: a mediados del siglo XVI todavía no existía, pero un arriero que pasaba aquí una noche de camino a Zacatecas encendió una fogata para pasar la noche al raso cuando observo que de las brasas fluía un líquido espeso y dorado: era oro a flor de tierra. Dado que este personaje no se calló el descubrimiento, el lugar fue invadido por tropeles de personas atacadas por la fiebre del oro, de manera que la ciudad creció desordenadamente, y hoy podemos admirar una ciudad singular Patrimonio de la Humanidad y muy parecida a nuestras ciudades de origen musulmán: calles estrechas, recónditas plazas, escalinatas curvadas, casas que parece que se toquen…

Volvimos al Teatro Juárez y nos sentamos en la escalinata para que Ma-nuel siguiese contándonos historias sobre la ciudad, cuando de improviso apareció una tuna que con su alegre música nos trasladó a la época en que fuimos estudiantes y a sus sones compostelanos fuimos conducidos hasta la ciudad vieja… las sorpresas nos esperaban por el camino. La primera un señor que surgió de las sombras y nos regaló un pequeño barral de cerámica; trascurridos unos minutos se presentó ante nosotros un mucha¬cho con una sulfatadora a la espalda y nos vertió zumo de naranja en el barralito.

Llegamos a una pequeña plaza que hicimos nuestra y alli para¬mos un rato para cantar y bailar con los descarados tunos.

Proseguimos el paseo y en una de las revueltas de las callejuelas antiguas, una señora esperaba para entregar sendos ramos de flores –detalle de Manuel– a nuestras señores acompañantes: Lola, Mª Carmen, Mely y Toñi. El paseo finalizó en el famoso callejón del Beso, la callejuela escalonada más estrecha de la ciudad, donde los cuatro matrimonios españoles ratificaron con un beso su amor.

Cenamos en una tranquila plaza (éramos muchos y no habíamos hecho reserva) pero acabó haciendo un fresco impertinente que nos hizo acelerar la despedida y retirarnos en taxi al hotel. Por cierto, en esta ciudad nacieron dos personajes ilustres: el cantante y actor Jorge Negrete, muy recordado en España, y Diego Rivera el magnífico muralista y pinto del siglo pasado y esposo de la también artista Frida Khalo.

El día 12, a las 9 y después de desayunar, nos presentaron a Omar Gutié¬rrez, el guía que ya llevaríamos hasta Ciudad de México.

Primero visitamos la célebres “Momias de Guanajuato” porque de no hacerlo ya no podríamos decir que habíamos estado en esta maravillosa ciudad; una visita muy interesante al lugar de los muertos por deshumidificación, hecho causante de esta extraña momificación natural, que comenzó en 1861 al abrir los panteones que no pagaban las tasas municipales y que la lanzó a la fama una película de “El Santo” un luchador mexicano muy popular en México.

Seguidamente subimos al cerro del Pípila, famoso personaje que a prin¬cipios del siglo XIX cuando se proclamó la Independencia del país prendió fuego a la Alhóndiga de Guanajuato donde se habían atrincherado las autoridades españolas, familias y parte del destacamento militar.

La vista de la ciudad merece la pena. De allí partimos para la Iglesia de San Cayetano, cuyo interior admiramos con gusto por su riqueza ornamental de altares con placas de oro regalo de un minero que se hizo rico; cerca de allí está la mina “La Valenciana”, abierta en 1526 pero las compras de joyas por parte de todos nos lo impidió, pues debíamos partir para San Miguel de Allende.

Llegamos a hora de comer y lo hicimos en un restaurante a la entrada de la población. Después una visita de dos horas a la ciudad cuna de la Independencia.

Volvimos a Guanajuato sobre las cinco y media de la tarde. La ida la habíamos hecho por el camino más corto, una serie de sierras empinadas pobladas de bosques de quejigos y encinas; la vuelta fue más larga, una inmensa llanura con extensos maizales y campos adehesados circundada de montañas. A las siete llegamos al hotel, refrescarnos y descansar un poco pues a las 9 de la noche estábamos citados con Manuel en el centro de la ciudad.

Cenamos en el restaurante “El Truco 7”, una taberna típica mexicana donde degustamos los platos más populares. Nos retiramos en varios taxis antes de la medianoche, pues habíamos quedado al día si¬guiente con Manuel para desayunar y despedirnos a las 8:30.

Manuel nos regaló –como último presente- ejemplares de periódicos donde aparecían publicadas noticias de nuestra estancia y, de parte del gobernador de Zacatecas, Alejandro Terno Cristernas, un libro sobre la catedral y tres reproducciones en escayola de elementos decorativos de la misma. José Daniel, sin embargo, prosiguió viaje con nosotros hasta Ciudad de México.

A las 9 en punto del día 13 salíamos en dirección a Querétaro, grandísima ciudad donde te recibe el enorme acueducto de más de un kilómetro que construyeron los españoles a principios del siglo XVIII.

Hicimos la primera parada en un mirador y después visitamos la Iglesia de los Franciscanos, donde se encuentra el afamado y visitado “árbol de las espinas” donde según la tradición Fray Antonio Margil de Jesús plantó su bastón y al sacarlo floreció dicho árbol, que no da frutos ni flores pero si una espina en forma de cruz.

A la salida recogimos a nuestro guía (Rodolfo) y nos fuimos a comer a una taquería junto con dos trabajadores de la Oficina de Turismo que nos recibieron e invitaron de parte de Alejandro Contla y Martha Cantabrana.

La visita al centro histórico se retrasó y fue más corta de lo que nos hubiera gustado, pero debíamos llegar por la noche a Ciudad de México no demasiado tarde.

No obstante, todavía pudimos asistir al colorido desfile popular que recorrió las calles esa tarde en los actos previos de la conmemoración del Día del Grito por la Independencia. Lo abría una comitiva de personas disfrazadas de frailes franciscanos (los evangelizadores) y tras ellos un pequeña virgen portada en andas, a la que seguían –en dos filas- una gran cantidad de personas en representación de los pueblos indígenas, de los conquistadores, del mestizaje cultural: soldados españoles, ejército revolucionario, charros y cow-boys.

Sobre las seis de la tarde tomamos el autobús que nos conduciría a Ciudad de México, recorriendo un paisaje en el que predominaban los cultivos de nopales y elotes (higos chumbos y maíz). Llegamos al ‘Hotel Casa Blanca’, situado en pleno centro junto al monumento a la Revolución en la Avenida de la Reforma, sobre las nueve y media de la noche.

Apenas dejar las maletas y asearnos un poco y bajamos a cenar al restaurante de la primera planta.

El día 14 era nuestro último día del viaje. El avión salía para España sobre las seis de la tarde. De manera que la mañana se dedicó a realizar un tour por los lugares más emblemáticos de la ciudad: plaza del Zócalo, ruinas mayas, murales de Diego Rivera en el Palacio de Gobierno… El que esto escribe prefirió dejar al grupo para marchar en taxi hasta el Museo de Antropología de México.

A las cuatro de la tarde estábamos ya en el aeropuerto facturando equipaje y pasando aduana. Comimos en un restaurante muy cerca de la puerta asignada para nuestro embarque. Y al día siguiente llegamos a España… alguno que otro con la “maldición de Moctezuma”.

Y colorín, colorado, este viaje se ha acabado.

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